Ahí se interrumpió porque ya estaba llegando a la hacienda y a partir de entonces no pudo sino escarbar con esos mismos ojos de enigma familiar en la acuarela costumbrista: el antiguo portal de ladrillo, el caminito empedrado, la enorme casa colonial de dos plantas, las palmeras y los samanes gigantes que abrían sus ramas haciendo de dioses tutelares del antejardín.