—¡Es un noble!
—¡Y vosotros también! —replicó ella. Agitó una mano, llena de frustración, señalando la cocina y la banda—. ¿Qué piensas que es esto, Kelsier? ¿La vida de un skaa? ¿Qué sabe ninguno de vosotros de los skaa? ¿Trajes de aristócrata, acechar a vuestros enemigos de noche, comidas completas y copas alrededor de la mesa con los amigos? ¡Esa no es la vida del skaa!
Dio un paso adelante, mirando a Kelsier. Él parpadeó, sorprendido del estallido.
—¿Qué sabes de ellos, Kelsier? —preguntó—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste en un callejón, temblando bajo la fría lluvia, escuchando al mendigo que tenías al lado toser de la enfermedad que sabías que iba a matarlo? ¿Cuándo fue la última vez que te pasaste toda la noche sin dormir, aterrorizado porque uno de los hombres de tu banda podía intentar violarte? ¿Te has arrodillado alguna vez, muerto de hambre, deseando tener el valor de acuchillar al bandido que tenías al lado, solo para poder quitarle su pedazo de pan? ¿Te has acobardado ante tu hermano mientras te golpeaba, agradecido todo el tiempo porque al menos tenías a alguien que te prestaba atención?
Guardó silencio, jadeando levemente. Todos la miraron.
—No me hables de nobles —dijo—. Y no digas cosas sobre gente que no conoces. No sois skaa: solo sois nobles sin título.
Se dio media vuelta y salió de la habitación. Kelsier la vio salir, aturdido, y la oyó subir las escaleras. Se quedó allí de pie, anonadado, sintiendo un sorprendente arrebato de culpa y vergüenza.
Y, por una vez, no supo qué decir.