Mientras regresábamos al cuerpo de Onyesonwu, mi hermana chilló. Cuando la miré, flotaba a una pulgada del suelo. Mi hermana puede volar. Más tarde supimos que no era la única. Todas las mujeres, okekes y nurus, descubrirían que algo había cambiado en ellas. Algunas podían transformar el vino en agua fresca potable, otras brillaban en la oscuridad de la noche, otras podían oír a los muertos. Otras recordaban el pasado, antes del Gran Libro. Otras podían recorrer el mundo espiritual y seguir viviendo en el físico. Miles de habilidades. Todas concedidas a las mujeres. Ahí estaba. El regalo de Onye. Con su muerte y la de su hija, Onye nos dio a luz a todos nosotros. Este lugar nunca será el mismo. Aquí ya no hay más esclavitud.