Por qué no están preocupados por salir del hoyo, por qué siguen reprobando materias con tan despreocupado descaro, por qué se siguen comportando como adolescentes de trece años… ¿Porqué…?
Al llegar a este punto había aumentado tanto el volumen de su voz que los murmullos iniciados cuando lo vimos titubear desaparecieron totalmente.
Yolza levantó con la mano derecha la carpeta azul que contenía los apuntes de superación y espetó:
—He pasado noches enteras tratando de descifrar la razón por la que tantos muchachos, aparentemente normales, hijos de buenas familias, se dejan arrastrar por la abulia y se vuelven rebeldes fracasados. Pero me faltan elementos —dejó caer el legajo sobre el escritorio como si nada de lo que hubiese en él sirviera—. Ustedes son esos jóvenes, y una de dos: o hay algo en sus sentimientos que aún desconozco o son una sarta de necios «cuadrados»…
Las palabras del director provocaron excitación en el ánimo de varios de nosotros. Él no había ido a corregirnos ni a castigarnos. Tenía finalidades distintas. Quería meterse en nuestras vidas y eso, por desusado, nos puso inmediatamente a la defensiva; pero a la vez, cosa curiosa, nos agradó sobremanera.
—Quiero hacer hoy lo que nunca he hecho. Hablar con ustedes como un amigo. Un amigo que se interesa por ayudar, pero a la vez necesita ayuda. Me quita el sueño pensar que la fiesta romana que se armó aquí hace unos minutos es el común denominador de sus vidas. Y no sé si me entiendan, pero si soy incapaz de cambiar eso, mi trabajo en este lugar pierde totalmente su sentido.
Yo sí lo entendía. Mis compañeros no. Pero nadie habló. Todos parecíamos dispuestos a escuchar. Los inteligentes presentían algo benéfico y el resto al menos estaba dispuesto a participar de esa clase tan fuera de lo común.
—Voy a comenzar dándoles mi punto de vista, pero les advierto que no he venido a sermonear. Quiero escuchar lo que piensan, quiero rebatir y que me rebatan. Hoy todos vamos a sacar algo bueno de esta sesión. ¿De acuerdo?
Nadie contestó. Estábamos acostumbrados a los regaños, las amenazas y los gritos y esa actitud de complicidad nos desconcertaba. El director parecía ávido de comunicarse, como si estuviera seguro de que obtendría algo, ya de esos jóvenes desconocidos, ya de esa sarta de necios «cuadrados».
Recordé que la sencillez de corazón era el primer paso para aprender; recordé que para poder recibir u