Joe estaba tendido en la cama, en casa de su madre. Pensó en suicidarse. Ese pensamiento era como un metrónomo. Siempre presente, siempre sonando. A lo largo de cualquier día, cada tantos minutos, pensaba: debo matarme.
Pero por las mañanas y antes de acostarse, no se limitaba a pensarlo, sino que entraba en detalles. Sabía que eso era una pérdida de tiempo —tenía que esperar a que su madre muriera—, pero no podía evitarlo. Era su historia favorita. Sin duda, la única de cuyo final estaba totalmente seguro.