La cama está vacía.
La única linterna de la cabaña —cuya ausencia indica, incluso a plena luz del día, que alguna de sus ocupantes se ha ido a la letrina— está en su sitio, en un estante junto a la puerta.
Louise gira en redondo lentamente, poniendo nombre a las chicas a las que ve.
Melissa. Melissa. Jennifer. Michelle. Amy. Caroline. Tracy. Kim.
Ocho campistas. Nueve camas. Las cuenta una y otra vez.
Por fin, cuando ya no lo puede seguir postergando, deja que emerja a la superficie el nombre que falta: Barbara.
La cama vacía es la de Bárbara.
Cierra los ojos. Se imagina a sí misma regresando durante el resto de su vida a este lugar y este momento: una viajera temporal solitaria, un fantasma, rondando la cabaña Abeto, intentando a fuerza de voluntad que aparezca un cuerpo donde no lo hay. Invocando a esa chica, Barbara, para que entre por la puerta y diga que estaba en el lavabo, que se ha olvidado de la norma de llevarse la linterna, disculpándose de forma encantadora, como ha hecho otras veces.
Pero Louise sabe que no va a hacer nada de eso. Siente, por razones que es incapaz de explicar del todo, que la chica ya no está.
De todas las campistas, piensa Louise, de todas ellas tenía que desaparecer Barbara.
A las 6:25, Louise atraviesa una cortina para entrar en el espacio que comparte con Annabel, la monitora en prácticas. Annabel Southworth tiene diecisiete años, hace ballet y es de Chevy Chase, en Maryland. Está más cerca por edad a las campistas que a ella, pero anda con la espalda muy recta, carga de ironía sus palabras y en general se esfuerza por asegurarse de que todo el mundo reconozca la fina línea que separa los trece de los diecisiete: una línea que se manifiesta en la partición de madera contrachapada que divide la sección principal de la cabaña del rincón de las monitoras.