Entonces, un ser monstruoso apareció entre los árboles.
Era grande como un caballo y estaba recubierto de piel negra y espesa. Se movía sobre garras tan grandes como troncos de árboles y movía sus terribles ojos rojos a derecha e izquierda. No era ningún lobo. Doce tenía razón: los tibicenas eran perros del demonio