Al principio, cuando los había visto a través de la niebla, los había confundido con dos ruinosas tablillas para epitafios de unas tumbas abandonadas en mitad del campo, una alta y otra baja, cuyos vestigios hubieran sido arrastrados hasta aquí por el cierzo y con las espigas blancas de las hierbas secas aún asidas a sus pies.