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Curzio Malaparte

La piel

La piel el relato del Nápoles liberado por los aliados, donde tanto vencedores como vencidos sucumben a la corrupción, se convierte en metáfora de un mundo podrido por el hundimiento moral que significó la Segunda Guerra Mundial. Con un estilo vivo, a un tiempo sarcástico y poético, Malaparte recrea con toda crudeza las vicisitudes de su pueblo hambriento: piedad, grandeza, vergüenza, abyección, ternura, orgullo o menosprecio afloran en las páginas de un libro magistral que presentamos, como en su momento Kaputt, en una nueva traducción a partir de la versión definitiva del autor. Una sobrecogedora historia en la que se muestra que la frontera última de nuestra humanidad es siempre la piel. «La piel, nuestra piel, esta maldita piel. Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre, de qué heroicidades y de qué infamias es capaz con tal de salvar la piel. Ésta, esta piel asquerosa. Antes soportábamos el hambre, la tortura, los martirios más terribles, matábamos y moríamos, sufríamos y hacíamos sufrir para salvar el alma, para salvar nuestra alma y la de los demás. Hoy en día sufrimos y hacemos sufrir, matamos y morimos, realizamos hazañas maravillosas y actos horrendos no ya para salvar el alma, sino para salvar la piel. ¡Nos convertimos en héroes por algo bien mezquino!»
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Objavljeno prvi puta
2017
Godina izdanja
2017
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Citati

  • Santiago Vizcaínoje citiraoprije 10 mjeseci
    había ejército en el mundo que, en el transcurso de aquella espléndida guerra, no se hubiese dado el placer un día de arrojar sus armas y banderas en el barro.
  • Santiago Vizcaínoje citiraoprije 10 mjeseci
    lgunas de ellas, antiquísimas, eran banderas de la República de Venecia que habían ondeado en lo alto de los mástiles de las galeras en Lepanto y en las torres de Famagusta y Candia. Eran las insignias de la república de Génova, las de las ciudades de Milán, Crema y Bolonia, que habían ondeado sobre los carrocci en las batallas contra el emperador alemán Federico Barbarroja. Eran los estandartes pintados por Sandro Botticelli que Lorenzo el Magnífico había donado a los arqueros de Florencia; eran los estandartes de Siena, pintados por Luca Signorelli. Eran las banderas romanas del Capitolio, pintadas por Miguel Ángel. Entre ellas se contaba también la bandera que los italianos de Valparaíso regalaron a Garibaldi, y la bandera de la República Romana de 1849. Y también las banderas de Vittorio Veneto, de Trieste, de Fiume, de Zara, de Etiopía, de la guerra de España. Eran banderas gloriosas, de entre las más gloriosas de la tierra y de los mares. ¿Por qué debían ser gloriosas únicamente las banderas inglesas, estadounidenses, rusas, francesas, españolas? También las banderas italianas son gloriosas. Si carecieran de gloria, ¿qué placer habríamos hallado en arrojarlas al barro? No hay ni un pueblo en el mundo que no haya sentido, por lo menos una vez, el placer de arrojar sus banderas a los pies de los vencedores. Hasta las banderas más gloriosas terminan arrojadas en el bar
  • Santiago Vizcaínoje citiraoprije 10 mjeseci
    hablábamos una lengua que no era la de un pueblo vencedor.

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