cómo pedirles permiso para usar sus cuerpos, encontró una solución racional y fraterna a la vez, que me serenó y me llenó de paz: se nos ocurrió decir que, si muero, entrego mi cuerpo para que los demás lo usen, que será un honor para mí que, si mi corazón se detiene, mis brazos trabajen y mis piernas caminen y mis músculos actúen y formen parte del proyecto de vivir para poder decir que Roberto nunca se dio por vencido y murió luchando por sobrevivir en la alta montaña. Este fue nuestro principal invento de los Andes: la muerte generosa.