obstante, un día me lo dijo en medio de un arranque que no pudo dominar por más tiempo. Me lo dijo conociendo la profundidad de la herida que me iba a provocar. Me habló de ejércitos de muchachas y muchachos que la visitaban en su mente. Me habló, también, de mendicantes sudacas que la seguían para desgarrarla.
Quería abandonar la casa y bailar en el exterior hasta caer muerta. Cada minuto era para ella una pérdida. Todo el mundo se reía, en todo el mundo la fiesta crecía sublime mientras ella estaba condenada tras el muro del claustro. Yo era su guardián, su carcelero más feroz